jueves, 31 de mayo de 2012

Amores...tan extraños que...

Amores...tan extraños que...


Desde niña siempre he sido una adicta a la televisión, donde las series son mi gran pasión. Ha llovido mucho desde Heidi y Marco, La abeja Maya hasta llegar a Padres Forzosos (mi favorita) y de ahí a las dirigidas a algo más “mayores”.
Durante mi adolescencia fui bastante teleadicta, guardo grandes recuerdos de las tardes en las que mis dos mejores amigas venían a casa (o yo iba a la suya) y nos veíamos todas las que ponían, sobre todo en verano. Son de aquella época clásicos como Urgencias, La Doctora Quinn, Los vigilantes de la playa, Sabrina, JAG, Expediente X, Lois y Clark ( y un largo etcétera).
Pero lo que busco con este texto no es nombrar todas las series que he visto, ni ponerme nostálgica al recordar, pretendo hacer un recorrido por mis grandes amores platónicos televisivos desde el primero hasta el último.
Corrían los años 80 cuando yo, siendo una niña de pocos años (por que soy del 83), viendo la televisión en casa con mis hermanas descubrí a uno de los hombres más maravillosos de la historia de la televisión y, aunque era pequeña, me enamoré profundamente de, como dice la intro de la serie, “sus ojos azules y su encantadora sonrisa”.



Pierce Brosnan se convirtió en la década de los 80 en el galán preferido de las mujeres, el hombre más admirado de la televisión gracias a su papel en la legendaria serie Remington Steele. Y fueron muchas, entre ellas servidora, quienes cayeron bajo el hechizo de este entrañable estafador reconvertido en detective que pasó de robar grandes obras de arte a robar corazones con su natural encanto.
Nunca entenderé cómo pudo su partener en la serie resistírsele tanto, convirtiéndose así en una de las primeras parejas televisivas en utilizar la tensión sexual no resuelta como hilo argumental de una serie.
Cambiando de amor y saltando de década, durante los 90 recuerdo haber tenido al menos dos amores platónicos y algún que otro cuelgue pasajero (qué? ¡!era una adolescente!!)
Uno de los hombres ficticios que más han marcado mi ficticia vida amorosa ha sido sin duda el creado por Donald (sí, como el pato) Bellisario (posiblemente el creador /productor/ guionista de televisión más odiado del mundo, al menos de mi mundo) para ser la estrella de  JAG (sin sobre nombres, que eso fue un invento de Antena 3).


“Siguiendo los pasos de su padre como piloto naval, el Comandante Harmon Rabb junior…” se convirtió en el hombre de mi vida cuando pasaba de ser una niña a ser toda una señorita. Le adoraba. El hombre que mejor luce el uniforme blanco de la marina, y el azul, y el verde de camuflaje, y el beige, y el de piloto etc etc…Me gustaba todo de él. Su sonrisa, su carácter, sus perfectos abdominales…con el tiempo empecé a madurar y a darme cuenta de que, Harm es todo fachada. Un físico que impone, un metro noventa y cuatro centímetros de marinero que conseguía poner a mis hormonas en posición de ¡firmes! , cada vez que se asomaba por la pantalla del televisor.
 Poco a poco crecí y maduré y me di cuenta que el chico es un auténtico inmaduro emocional, incapaz de reconocer sus sentimientos ( sí, sigo hablando de “ese” Harm) y , a pesar de eso y del tiempo que ha pasado, no sé qué extraño magnetismo tiene pero cada vez que me da por ver algún capítulo de esa maravillosa serie, vuelvo a caer irremediablemente enamorada de él. A pesar de eso reconozco, que la verdadera estrella de la serie, era Mac, pero de mis heroínas ya hablaré en otro momento.

Aún en la década de los noventa sufrí otro enamoramiento televisivo importante. Un hombre con dos personalidades completamente opuestas: el periodista y el superhéroe por excelencia, me hizo caer rendida a sus pies como si me hubieran clavado en el corazón una flecha de kriptónita.


Pasando de Superman, yo estaba enamorada de Clark Kent, el tímido, el que pasaba desapercibido, el periodista. Era el hombre de mi vida ejerciendo la profesión de mis sueños. Era perfecto en todos los aspectos,  el chico ideal con el que yo soñaba. Atento, romántico, sincero. Me desesperaba mucho al ver como Lois solo tenía ojos para Superman (creo que por eso todavía la odio) mientras el bueno de Clark babeaba por ella. ¡JA! Yo me habría tirado a sus brazos sin pensarlo un segundo. Clark Kent me marcó mucho, todavía hoy hay gente que defiende que mi pasión por el periodismo nació de la mano de mi amor por él. ¿Quién sabe? Quizás en un futuro encuentre un lugar parecido al Daily Planet, donde me asignen como compañero a un…Clark Kent, sin mallas bajo el traje de chaqueta claro.
Durante toda mi adolescencia tuve más flechazos, “rollos pasajeros” : el doctor Ross de Urgencias, el perfecto y guapo marido de La Doctora Quinn y muchos de los famosos hombres que corrían a torso descubierto, en bañador rojo por las playas de Santa Mónica en los Vigilantes de la playa, me llamaba la atención incluso Fox Mulder (aunque a este le vi con otros ojos en una re-visión más tardía de Expediente X), sin olvidar, claro está, a Leo, el ejemplo de perfecto marido florero de Piper en Embrujadas, sí, también me gustó,  pero Harm y Clark, fueron mis grandes amores.
Pasé después de ellos una época de tranquilidad, un momento entre amores, de transición, de “lo de siempre” y “los de siempre”. Desde el final de JAG fui bastante reticente a engancharme a otra serie, a otro hombre ficticio o a otra parejita que me hiciera sufrir lo insufrible hasta que una de mis mejores amigas me convenció de que le diera una oportunidad “a la serie esa de los huesos”.




Un día me decidí y la vi y sí, me enganché de mala manera. Con Bones he aprendido tres cosas básicas: que no es una serie que recomiende para ver cenando, que todas las respuestas están en los huesos si sabe mirarse bien y que Seely Booth es…!el hombre perfecto!


Yo, que venía de una larga relación con Harm, me encuentro de repente con un hombre que sabe enfrentar los sentimientos. Maduro, con unos ideales y unos valores muy parecidos a los míos. Un auténtico caballero andante con su brillante armadura del FBI. Valiente, capaz de romper huesos (para que su compañera luego los recomponga) y de ser un padre atento, cariñoso y entregado. Triste fue darme cuenta (y atención que aquí puede haber spolier) que cuando uno consigue lo que quiere el interés se pierde. Booth consiguió a Huesos y su relación se volvió (desde mi punto de vista) rutinaria y aburrida. Nunca me imaginé que el hombre del acromion perfecto (pienso que fue la forma de Brennan de decirle: ¡qué bueno estás!) fuera a resultar, como novio, más soso que un tapón de corcho (ejem, va por ti amiga!!) No voy a entrar en más detalles, porque eso me lo reservo para cuando me decida a escribir sobre “como cargarse una buena serie en varios ejemplos”.
Booth me decepcionó y entonces otra amiga me recomendó otra serie. Tras mucho insistir (creo que nunca te lo agradeceré lo suficiente) y tras quitarme los prejuicios derivados de comentarios como: “es una mala copia de Bones” “hay unos  asesinatos tal como el protagonista los describe en sus libros, ¿de qué me suena eso? ¡AH sí, de Bones!”…
Tardé quince minutos de reloj, los quince primeros del mejor capítulo piloto de una serie que he visto desde Remi, para caer , irremediablemente, hechizada por el embrujo y el encanto de Richard Castle.


Rick es el polo opuesto a Booth. Es inmaduro, infantil y para nada responsable, pero al mismo tiempo es divertido, encantador, gracioso, atento.
 Me gusta, simplemente porque creo que he llegado a un punto en mi madurez sentimental, (y puede que no solo la ficticia) en la que ya no me atraen los hombres de impecable uniforme que parecen tener una piedra en lugar de un corazón, ni los superhéroes que, queriendo estar en todas partes, descuidan a quienes tienen más cerca, ni siquiera los caballeros andantes de perfecto acromion que seguidos por su recalcitrante integridad terminan por ser aburridos.
No, ahora prefiero a los escritores con un punto de locura, que me hagan reír, que me lleven un café por las mañanas, sin complicaciones, leales como un cocker spanier, sin miedo a recibir un balazo por mí y capaces de reconocer sus sentimientos (aunque fuera en el peor momento) y que no pierdan nunca, el sentido del humor.